domingo, 30 de octubre de 2016

¿Por qué buscamos a nuestros seres queridos en los cementerios?

Aprendimos en la escuela que nada se crea ni se pierde, que todo se transforma. Además nos enseñaron que en este mundo existe materia y energía. Materia es energía agrupada en diferentes estados de condensación. Luego, todo es energía, solo que organizada en diferentes formas.

La energía no se pierde - ¡también lo hemos aprendido en la escuela! -, sino que se transforma. Y esto no es una teoría o constatación mía, es un hecho demostrado por la ciencia, hace ya mucho tiempo. Pues bien, entonces ¿qué decir de la muerte? No trato aquí de definir la muerte y todos los procesos en ella implicados… Quiero comentar que no es posible aceptar que la muerte sea el final. Lo digo no solo por mi experiencia de consultorio, cuando veo a las personas en sus regresiones constatando que la muerte no es el final. 




Hablo ahora desde el punto de vista de la ciencia. La energía condensada en una persona ¿para dónde va después de la muerte de ésta? Si nada se pierde y todo se transforma, con la muerte la materia condensada tiende a transformarse.

Otra cosa muy natural, que nos intriga mucho: todo es cíclico. ¡Todo! El sol nace y muere cíclicamente, todos los días. En las plantas, una simiente con los años se convierte en árbol, este árbol genera simientes, esa simiente germinada nuevamente se convierte en un árbol, y así cíclicamente.
Aprendí también en la escuela acerca de los varios ciclos. El ciclo del agua, por ejemplo, la lluvia que abastece los ríos o las capas freáticas, pero que se evapora y más tarde se convierte en lluvia de nuevo y así cíclicamente. La naturaleza nos presenta primavera, verano, otoño e invierno, cíclicamente, todos y todos los años ¿no es cierto?


Pues entonces, pregunto: ¿por qué la muerte iba a ser el final? ¿Por qué suponer que los seres humanos no obedecerían a esa naturaleza?

Por último, si nada se pierde y todo se transforma, y nuestra naturaleza es cíclica, ¡Dios mío! Entonces, está claro que nuestra conciencia no muere… Al igual que el Sol no muere, sino que se recoge al final de su ciclo. Y renace todos los días al comienzo de un nuevo ciclo. Y si no me equivoco, esto viene ocurriendo “desde que me conozco por gente”.

Hablo sobre este tema simplemente para advertir que en el cementerio no hay nada, solo una atmósfera adensada por las emociones negativas de las personas que sufren por la pérdida de sus seres queridos. Reconozco plenamente la función del cementerio en nuestra sociedad, por eso no hago este comentario con intención de criticar ese lugar. Únicamente quiero advertir el hecho de que si tú eres realmente una persona espiritualizada, no hay propósito alguno en ir a visitar periódicamente la tumba de un ser querido. La conciencia del desencarnado no está allí, su alma no está allí, sino únicamente los expurgos del cuerpo físico que ayudaron a ese ser a purificarse.


La madre-Tierra lleva a cabo un excelente papel. Aun estando cansada y debilitada por nuestras crueldades anti-ecológicas, ella todavía resiste bravamente y se encarga de trasmutar el sobrepeso del alma manifestada en el vehículo carnal, que ahora en proceso totalmente metabólico se encarga de asimilar el valiente vehículo mineral.

¿Qué hacer en un cementerio, entonces? El espíritu de la persona definitivamente no está allí, o al menos no debería estar… Si deseas una conversación con ese ser querido, hazlo en tus oraciones. Pero hazlo con la conciencia de que ese espíritu vive en otra forma energética, solo que en otra dimensión, y que por la naturaleza del universo y su genialidad, es muy probable que en otro momento ese sistema cíclico perfecto se encargue de reunirte con ese espíritu nuevamente. Y si acostumbras a mantener conversación mental con algún desencarnado, pues consideras que él puede oírte, ese es otro motivo más para no tener que ir al cementerio.


Dejo aquí una advertencia: si acostumbras a referirte a algún desencarnado como si ese espíritu estuviese oyéndote plenamente, por favor, procura ser “buena gente”. ¡Imagina que a uno de tus amigos, digo cualquier persona de tu convivencia, se le diese por estar todo el día junto a ti lamentándose! Quejándose de la vida, llorando de tristeza, o de carencia, o saudade, o abandono o depresión, etc. Nadie merece eso ¿verdad? Hay que tener compasión de esa clase de personas y, si posible, procurar ayudarlas, aunque, sinceramente, esto exige una carga extra de amor y paciencia, pues son personas que se hacen desagradables y aburridas. Pues entonces, si consideras que una persona desencarnada puede sentirte o captar las ondas de tu pensamiento, ¡imagina cuán nocivo será para su evolución (ya que por ahora vive en otra sintonía) esa emanación de basura emocional y psíquica! Esa lluvia de lamentaciones de involución solo contribuye a originar más sufrimiento, no solo para el desencarnado que recibe la pulsación de esos sentimientos, sino además para la persona que los origina. Nadie gana con ese comportamiento, ni aquel que tiene nostalgia y llora, ni el desencarnado, que acaba por sentirse más pesado y por eso no se libera de la tercera dimensión, tampoco el universo, que por consiguiente sufre con nuestra ignorancia consciencial.

No estoy despreciando la nostalgia, los sentimientos naturales, tampoco digo que las personas que se aman no deban gustar de estar juntas. Solo estoy enfatizando que una persona que da culto al cementerio como si fuese un confesonario o un diván donde habla con personas ya desencarnadas, está, cuando menos, lejos de decirse espiritualizada.

Confía en la naturaleza cíclica de Dios, y mucho más porque tenemos que experimentar cada nivel de ese proceso para nuestro progreso espiritual. Las sesiones de Cementerio no van a ayudar a nadie.








Paralelamente tenemos la fiesta de HALLOWEEN.
En los últimos años, estamos viendo como una costumbre norteamericana y de otros países anglosajones como  Canadá, Estados Unidos, Irlanda o Reino Unido, y, en menor medida, en Argentina, Chile, Colombia, México, Perú o el conjunto de Centroamérica, se nos va metiendo entre las rendijas de nuestras tradiciones.
Halloween, también conocido como Noche de Brujas o Noche de Difuntos, es una fiesta de origen celta que se celebra internacionalmente en la noche del 31 de octubre, sobre todo en sus raíces están vinculadas con la conmemoración celta del Samhain y la festividad cristiana del Día de Todos los Santos, celebrada por los pueblos de cultura católica el 1 de noviembre. Se trata en gran parte de un festejo secular, aunque algunos consideran que posee un trasfondo religioso. Los  inmigrantes irlandeses transmitieron versiones de la tradición a América del Nortedurante la Gran hambruna irlandesa.
El día se asocia a menudo con los colores naranja, negro y morado y está fuertemente ligado a símbolos como la jack-o´-lantern (calabaza tallada a mano). Las actividades típicas de Halloween son el famoso truco o trato y las fiestas de disfraces, además de las hogueras, la visita de casas encantadas, las bromas, la lectura de historias de miedo o el dedicarse a ver películas de terror.
Para algunas personas (no sé hasta qué punto es así), esta celebración festejosa que nos viene con la coca-cola (ese líquido negro que sirve para desatascar fregaderos), lo que hace es trivializar el tema de la muerte.

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